Disperso.
En fragmentos que nadie podrá unir. Por acá. Por allá. Documentos
digitales. Notas en el celular. Apresurados garabatos en una libreta,
en un libro. Así me voy dejando en la vida. Como el polvo de mi
piel. Como la sensación tibia de la desintegración. Vientos lívidos
esparcen la sal de estatua, a pesar de que ya no quiero voltear. La
edición vendrá después, ahora es el licor antes de la destilación.
El rumor de los labios cínicos. Una vida nunca será suficiente. Por
eso el infierno o el cielo. Por eso las reencarnaciones. Trato de
escapar, como Ícaro, con alas de sal sobre el fuego del castigo.
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera
persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente
formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna,
o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran
las nubes que sigue corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus
rostros.
Julio Cortázar. Las babas del
diablo.
Él no es citadino.
Sus primeros recuerdos transcurren en el campo. En la frontera más bien.
Saborea los restos de las horas jugando con plantas, con tierra, cazando
insectos, caminando semidesnudo por la maleza; le invaden los olores de las
hierbas bajo las plantas de los pies, sus recuerdos se hinchan con la brisa
fría del atardecer, con la polifonía de los insectos, con los colores húmedos
que desciende de la noche.
“¡Oh Tiresias!...
a la ciudad no ves, pero la sientes en dolencia mortal”. La ciudad de Sófocles
en la misma que yo padezco. “No se vea la ciudad
de mi padre condenada a tener que albergarme”. La ciudad de Edipo es la
que yo siento.
Afirmo que la
ciudad es una biblioteca. Cada pared, cada calle y puerta cerrada es el lomo de
un libro. Dentro de una habitación existe una historia que se narra con el
lenguaje que es la sumatoria de todos los lenguajes. Las esquinas son hojas
escritas con sombras, luces, pasos veloces, prefiguraciones del amor, con el
escalofrío de la muerte y el dolor de una pelea.
El primer paso
para leer un libro es ver su portada. O lomo. Depende.
“La ciudad
insurrecta de anuncios luminosos
flota en los
almanaques,
y allá de tarde en
tarde,
por la calle
planchada se desangra un eléctrico.”
Manuel
Maples Arce. Prisma.
Abrirás la tapa,
si eres cuidadoso leerás minuciosamente las primeras hojas: editorial,
colección, traducción, diseño, edición etc. El preliminar. Pasarás las yemas de
los dedos sobre el papel, ¿será áspero o satinado? Si es un libro que
anteriormente fue leído por alguien más la experiencia será estremecedora.
Encontrarás apuntes, nombres y fechas escritos a mano, subrayados, alguna hoja
faltará, habrá separadores entre las hojas, notas, listas de nombres ajenos a
ti, la labor de la polilla, olores, sellos, manchas de humedad... Este libro
pertenece a la Profesora Rosa Ochoa Vásquez, Xalapa, Veracruz a 6 de diciembre
de 1959.
¿Cuándo conoció la
ciudad? Fue en la pubertad. Fue en la adolescencia, en la frontera de las
edades. El olor de un viejo cinema. El primer viaje en autobús. Trece años.
Luego todos los traslados diarios hacia el centro, hacia el conglomerado que
fue definiendo y que lo fue formando.
Camino
por las avenidas de la biblioteca y selecciono un libro de entre los muchos que
conforman esa representación de rascacielos que son los estantes. Hay libros
que puedo tocar y que pudieron tocar mis abuelos a mi edad. El ruido aquí se
marchita en silencio. La velocidad del tránsito es la rapidez de la lectura. El
traslado no es geográfico, sino intelectual. Los libros son ventanas, no hacia
afuera como en un edificio, sino hacia el interior de la mente nuestra.
Invocarás
a Calvino: Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es
menos incierta que en otras ciudades. Sabes que la red no sostiene más que eso.
Cada rótulo de
tienda, cada graffiti, cada planta que nace entre los escombros es una
frase que espera paciente la hora de ser leía. La ciudad es un arrecife donde
proliferan los peces de la significación. No es posible dar un paso sin toparse
con un mensaje. Ricos tamales de Xico. La noche es el continuo cambio. Carnicería
La gota. De sangre. La neblina escribe con tinta blanca signos
tridimensionales en el aire. Una teja, un helecho, las posibilidades del
lugar. Ropa de frío y de calor. Hay tanta literatura a nuestro alrededor
y la dejamos pasar por no estar encuadernada. Se reciben pupilas. Y mis
córneas que cada día se enturbian más. Pupila también es prostituta y “pupila
de prostituta” era el término con el que se conocía a un padecimiento en las
pupilas causado por la sífilis.
Leer la ciudad es
como leer un libro, más aún, como leer una cita: incitación a desdoblar los
significados. Si digo “o” en realidad quiero decir todas las posibilidades
de la letra “o”. Si menciono una calle,
pienso en sus posibilidades. De mi boca sale la palabra “ciudad” pero estoy
pensando en tinosmí.
Él se cuela,
traspasa los muros, se sublima sobre las calles, trasmina por los poros de la
ciudad hasta el punto de ya no ser más un único ser. Velo caminar con los pies
fundidos al asfalto, admira su cabeza adherida al asbesto de su techo. Las
palmas de sus manos brillan como el tubo cromado del autobús.
Consumamos la
palabra de la ciudad.
Creo que ya dije
que aquellos libros que han sido leídos por otros me provocan. Los libros que
compro en las librerías de viejo, en los bazares, en las casas que lo venden
todo, los libros de las bibliotecas. Cada vez que abro una página estoy
invocando, sin saberlo, a los otros lectores. Piso una banqueta, toco una pared
e invoco, de igual manera, a los que me precedieron en esta ciudad.
Mientras no salga
de mi casa no siento que estoy en una ciudad. Mientras no levante la mirada del
libro puedo estar en cualquier parte. La posibilidad los define.
“No, señor Gordon.
Es una ciudad
fabriqué una
ciudad…
Una ciudad para
construirla encima
de la mía. Ya
verá.”
Tedi
López Mills. Muerte en la rúa Augusta.
Botella de Klein.
El objetivo se vuelve medio. El medio es parte del objetivo. El producto será
la ciudad y la ciudad será la niña distraía en la parada del autobús. Eso que
piensas durante el trayecto hacia tu casa es también ciudad. Ella te habla y
escucha tus silencios. La ciudad será la mirada estupefacta del señor que lee
el anuncio oportuno del periódico y se pregunta por qué razón alguien escribió:
“vendo o cambio una ciudad, en excelentes condiciones, sólo tiene veintitrés
años”. Ciudad es esto: lo que ahora tú lees o pensarás parado en la calle de Betancourt.
Tus zapatos sobre el empedrado. El baño lleno de humedad.
Nos vamos quedando
por la ciudad.
El primer paso
para conocer una ciudad es caminarla. El segundo paso es usar el transporte
público. Hay algo en la altura de los asientos, en la quietud de su ronroneo,
que invita a la meditación. ¿Cuántas ciudades ves desde tu asiento? ¿Cuántas
ciudades caminas todos los días? Veo a un peatón y vislumbro otra ciudad.
Una tarde aparece
un arcoiris y de pronto toda la ciudad es ese arcoiris.
Pareciera que
siempre ha estado ahí, pero tuvo que haber un momento en el que sólo había un
extenso llano, una pendiente repleta de árboles, un costa indómita. ¿Quién
recuerda el primer día de una ciudad? ¿Cómo nacieron las ciudades? Justo donde
estás alguna vez corrió un conejo que escapaba de su depredador, justo en
aquella esquina hubo una piedra con forma de sapo. El espíritu de todos los
lugares se superpone, infinitesimalmente, a tu ciudad. ¿Recuerdas el libro de
arena? La ciudad es ese libro. Jamás podrás leer la misma hoja, las páginas de
este libro pasan ante la vista para nunca más volver.
¿Cuándo algo
empieza a ser ciudad? Cuando la distancia lo define. Cuando crece en abismos
hacia el interior. En una cuadra del Distrito Federal caben seis comunidades
rurales de Oaxaca. Suspendidas, inconexas, retraídas.
Pero
también está esa clase de libro virtual. Ya no existe el romántico contacto
físico con el libro impreso (¿qué pensarían aquellos monjes escribientes cuando
vieron el grotesco impreso de una letra sobre papel, como el casco de un toro
grabado en el lodo?), pero existirá un vínculo con lo virtual. Recorrí las
calles de Xalapa antes de pisar su suelo. Desde un monitor vi los alrededores
de CAXA y supe que esta ciudad no es una lluvia continua. Liubliana, Berlín,
están aquí, a medio metro de mis ojos. Sobrevuelo Río de Janeiro sin levantarme
de mi asiento.
¿Cómo
se lee un mapa? ¿Se inicia por el centro o por el extremo superior derecho?
¿Luego hacia dónde ir? Los códices mixtecos se leen del extremo inferior
izquierdo, siguiendo una lectura en bustrófedon ascendente y descendente. ¿Cómo
se lee una pared con carteles superpuestos, con capas descascaradas de pintura,
con las sombras pintando a cada segundo su superficie, estando la niña que
sopla burbujas frente a todo el conjunto? Un mapa es un intento por leer la
ciudad. Cada paseo es un párrafo escrito en una lengua superior que rebasa los
sonidos y las imágenes; lengua que se adentra en los territorios de la memoria,
de los miedos y felicidades, de la imaginación, de lo posible, de lo
eternamente efímero. La lengua en la que están escritos los sueños.
¿Cuándo un libro
deja de ser un folleto? ¿Cuándo un estante es llamado biblioteca? ¿Cuándo una
ciudad es ciudad?
Caminamos absortos
por vericuetos penumbrosos. El camino a la parada del autobús es el trámite más
fácil. Luego preparamos el dinero para el pasaje. La oscuridad, como una selva
alrededor de un poblado, lucha por ganarle terreno a las luminarias. La noche
es una gran sombra y nosotros salimos del trabajo para sumergirnos en un sueño
que es más vida que nuestra vida. De ocho a ocho con media hora de comida. De
lunes a sábado y el domingo toca el aseo. La ciudad de los horarios que devoran
las horas. El tic-tac que sustituye al corazón.
Kavafis habla:
Dijiste: “iré a
otra ciudad, iré a otro mar...” La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
calles.
Que el semáforo te
libre de leer esa ciudad decadente donde vegetas. Que un autobús pase a exceso
de velocidad y cambie el capítulo que ese hombre está leyendo. Que al doblar la
esquina yo pueda dar vuelta a la página de este libro. Nosotros escribimos esta
ciudad, ¿y cuándo la leemos?
El azar. Lo
probable. La distancia. Lo asequible Lo fragmentario, que no lo individual. Lo
masificante. Lo que define.
“… y las
orgullosas ciudades de la Humanidad parecían haber desaparecido por completo de
la faz de la tierra.”
Edgar
Allan Poe. La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall.
Ve tantos árboles
a través de su ventana. La visión del Pico de Orizaba en las mañanas despejadas
le llena el corazón de alegría. Basta que sonría, basta que pase sus dedos
suaves sobre una puerta apolillada para que la ciudad florezca. Su ciudad es un
jardín.
Habrá un día en el
cual la música de la calle sea escuchada en una sala de conciertos. Llegará el
día en el que ir a una galería equivaldrá a darle la vuelta a la cuadra y
reparar en cada grieta, en cada mancha y toque de luz del atardecer, en la
neblina que diluye la noche. Hoy ir a la biblioteca para mí es salir a dar un
paseo, con los ojos bien abiertos, con los oídos aguzados.
¿Qué es lo que
sucedió en Nínive que aún se repite hoy, aquí, en esta ciudad? Se trata de las
multitudes, pero también de la segregación. Tan juntos que deseo estar lejos de
ti. Tan cerca que casi no te veo. Puedo verte cuando esperas el taxi junto a
mí, siento el roce de tu mano en la cola del banco, pero lo evito. Descanso al
lado tuyo en el autobús, desayuno frente a ti en la fonda, camino detrás del
río de tu perfume y aún así no sé cómo te llamas. La ciudad se fragmenta en
apellidos, profesiones, horas del día. Como si fuera un recuerdo de Funes el
memorioso. Xalapa-Enríquez Martínez Santos. Soy avecindado en tu ciudad.
Xalapa-Enríquez Pérez Rodríguez. Nuestras ciudades apenas y comparten espacio
físico. De Betancourt sólo dos cuadras están dentro de mi ciudad.
En una habitación
contigua una pareja hace el amor mientras él concibe la idea más hermosa del
mundo. La luz y las sombras de un vaso cerca de una ventana. Se trata de la
forma en la que miramos. Él ve el agua en el vaso y piensa en el mar. Mira los
haces refractados en el vidrio y recuerda el eclipse de 1991.
Una noche en el día. Él es una noche en el día de la ciudad.
“Todo lo que me
nombra o que me evoca
yace, ciudad, en
ti, yace vacío,
en tu pecho de
piedra sepultado.”
Octavio
Paz. Crepúsculo de la ciudad.
En el camino
matutino no sólo paso por las mismas esquinas y calles (calles y esquinas que
nunca serán las mismas), sino que veo rostros ya conocidos: el joven rubio que
todas mañanas corre hacia su destino, siempre tarde; el encargado del
estacionamiento que usa el mismo sombrero café, la muchacha que atraviesa el
crucero conmigo, con un discman en la mano... Todos los días, luego de
bañarme, además de la ropa común, me visto con una ciudad.
“Esta ciudad es
oscura y está loca y apesta en todos los rincones y es intolerable y es el
único lugar donde puedo vivir.”
Cristina
Rivera Garza. Manera insólita de sobrevivir.
Caminaron largo
tiempo antes de ubicar un lugar. La utopía se niega a sí misma cada vez que
paso debajo de un puente, cuando un asaltante sale de un rincón oscuro y me
atraca. Ellos no viven en mi ciudad aunque sean mis vecinos. Los veo todos los
días, deambulan entre las calles comunes, a veces basta un centímetro, un muro
delgado para separar ciudades completas. Los niego también a ellos, habitantes
del otro lado de la pared. Te niego a ti, lector del otro lado del texto.
Y ella está
irremediablemente sepultada. La tierra, quiero decir.
“Entonces pasa que
los libros rebasan las ciudades y entran en los campos...”
Julio
Cortázar. El fin del mundo.
Kavafis cesa de
hablar pero el tintín de sus palabras deja un eco delgado como un hilo de seda
que sigo. Yo no amarro el cabo de una madeja a la puerta de mi casa para
adentrarme al bosque sin perderme, sino que cada noche, ya perdido entre casas
desconocidas busco en mis bolsillos y encuentro la punta del hilo que me permite
andar por la ciudad y llegar a mi casa. Oscuras ruinas de mi vida veo aquí y
sin embargo solo aquí vivo. Siempre llegarás a esta ciudad.
“Hemos de correr
tras él a la calle, no sea que pierda su individualidad y se confunda en la
gran masa de la vida de Londres, en medio de la cual lo buscaríamos en vano.”
Nathaniel
Hawthorne. Wakefield.
Me siento a comer
en una cocina económica en Sayago y la puerta deja de serlo para convertirse en
una pantalla. Veo
pasar una nube. Luego otra. Un autobús mezcla la mirada de sus ocupantes con la
mía. Siempre incierta. Una anciana camina debajo del letrero del Bar Sagitario
y las últimas gotas de una lluvia al medio día se hinchan de luz. La ciudad soy
yo, soy eso, soy tú. Tú eres yo también, en algún grado, en alguna calle. Me
levanto, camino y en aquella esquina me rompo y no vuelvo a ser. Levanto los
trozos que encuentro y me rehago con piezas llenas de polvo, alguna con
excremento, otra con una bolita de chicle masticado. Los pedazos de mis
hermanos los transeúntes que también, en cada cruce, se rompen y dejan de ser,
se mezclan con los pedazos de mi ser. Túyoelnosotros. Ahora pasa una gran
nube blanca. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes...
Los seres mitológicos son entes líquidos:
Hermafrodito se fundió con Salmacis.
Tiresias conoció lo que es vivir como mujer y como hombre, los compañeros de
Odiseo, por los poderes de Circe, transmutaron en animales. La apariencia del
mismo Odiseo era cambiada por Atenea dependiendo de la situación. ¿Quién,
ahora, no quisiera tener a su lado una diosa que lustrara un poco la belleza
escondida? Tan cercano como un quirófano, tan fácil como un infomercial. ¡Cambia
tu cuerpo siete minutos al día en una semana!
Nos habituamos a las transformaciones para no
habituarnos al cuerpo. Una persona que desee ser mujer tiene que serlo con
todas su consecuencias: tacones altos, senos y caderas grandes, cintura breve y
toda lo femenino: dulce, paciente, tierna, hogareña, etc. Lo demás, lo
que no entra en el estrecho canon son quimeras, es la Esfinge que obliga a
contestar interrogantes sobre la existencia.
Una bola de nieve. Desde el silencio, desde la
tácita aceptación de que el otro debe transformarse para aparecerse ante
nosotros, contribuimos para que en el futuro nos veamos forzados por el entorno
a cambiar. Ya sea por salud, deseo o costumbre, el cuerpo siempre se vierte en
otros cuerpos.
Nadie puede escapar de la definición a través del
otro, somos seres informes, como líquidos que tomamos forma en los ojos de los
otros. Usamos ropa y nos constreñimos a un recipiente. Desde el momento de
pertenecer a una clase social, una raza, una religión, una corriente política,
etc. tenemos que mantener el comportamiento necesario para seguir dentro del
clan. Necesitamos la forma del toro, del águila, de la lluvia para pertenecer,
para incluirnos, como lo hizo Zeus.
¿Cuándo Odiseo fue libre de cualquier presión
social? Cuando naufragó, desnudo y diluido en el mar, quemado por el sol,
mugroso y greñudo. Tal situación choca tajantemente con la vida social, como lo
demuestra el miedo/repulsión de las criadas de Náusicaa. Él fue, por un
momento, esa clase de seres que están alrededor de nuestro mundo domesticado,
como muy bien lo trata Bartra en El salvaje europeo. Lo salvaje que
representa todo aquello que no somos y que seríamos si alguien más no nos
estuviera viendo. Centauros, Silenos, Amazonas. Pero todas las mañanas entramos
en el baño, luego nos encapsulamos dentro del disfraz ordinario y pedimos la
venia del espejo para salir a platicar con los que lucen como nosotros. Y
desviamos la mirada del mendigo, del teporocho. Hoy como ayer y como mañana,
nuestros cuerpos no están lejos del cuerpo de Zeus.
Todo está hecho del mismo hilo: la faja que le
hará recuperar la figura de la juventud a una señora, el té contra los
problemas de sobrepeso, un gancho para la nariz, unas botas que hagan ver más
alto, el libro bajo el brazo, la Mac que me aleja de los ordinarios. No tiene
que ver con la comodidad, lo necesario o lo práctico, involucra más bien los
deseos de ser. Yo quiero ser delgada. Yo quiero tener una nariz recta. Yo
quiero ser masculino. Yo quiero ser mujer. Yo quiero ser inteligente. Yo quiero
ser multifuncional.
Somos seres líquidos a medio camino de
nuestros deseos: los deseos ocultos hacia lo salvaje y los explícitos hacia lo
modélico. Podríamos amanecer un día convertidos en un bicho gigante y aún así
seguir deseando, añorando. Somos como Ío, quizá no con un cuerpo ajeno, pero sí
vigilados de por vida por un monstruo de cien ojos que nos define. Y somos
Argos también.
Anzuelo para las ideas: el globo
terráqueo de Martin Behaim de 1492. La sensación de no estar, de deber
encontrarse y emprender en cada ensayo un viaje para lograr el reconocimiento
del yo a través del mundo. Y viceversa.
América no tuvo
lugar en aquella representación de la Tierra, de ahí que la afirmación de
Arciniegas sea posible: nuestra América es un ensayo. Lo es por esa calidad de
cosa inacabada e informe, adjetivos que son más atributos hacia el futuro que
propiedades de un ahora.
La pregunta
evidente, ¿por qué Latinoamérica está ligada al ensayo?, me asalta de
inmediato. Las respuestas mojaron los minutos que duró la charla.
En este territorio
la palabra clave es “mezcla”. Mestizaje, fusión de creencias, entretejido de
sabores, de paisajes, costumbres y sueños construyen la materia del universo
americano. El mestizo es el hombre que no tiene lugar, es la más grande
traición a las razas y hace suyo un mundo nuevo que ya nunca jamás será aquel
de los abuelos, sino un paisaje que se ve con los ojos de la incertidumbre.
Apenas puedo imaginar la impresión de los primeros mestizos en América. Vivir
en el mundo indígena o negro, rompiendo la línea de sangre, sin pertenecer al
mundo peninsular, en un territorio que pronto se convertiría en papel en blanco
sobre el cual habría que escribir[1].
Estas ideas, la
del no-lugar, la no-pertenencia y la del descubrimiento sostienen la relación
América-ensayo. La primera América fue destruida y los peninsulares no poblaron
el territorio, simplemente se avecindaron en un lugar habitado por nadie, ese
mismo nadie que responde a la pregunta “¿quién anda ahí?”. Nosotros los
mestizos somos una mezcla de ecos de distintos cantos. Los mestizos se
integraron desde afuera, la frontera es su (tu, nuestro) hogar y la
indeterminación (su, tu) nuestro sustento.
El viaje de Colón
tuvo algo de extravío, su objetivo era la India, pero llegó a ese territorio
sin nombre ni lugar en el mundo todavía. Algo similar plantea Liliana Weinberg
al indicar que en el ensayo el autor se pierde, de cierta manera, en el camino
de la idea principal a la conclusión. Su carácter subjetivo, afirma, le permite
ser un género libre, se puede hablar de todo y casi de cualquier modo. Pero, no
hay tinta más bella que la de los recuerdos.
América es el
resultado de lo inesperado. Lo desconocido es materia prima de este continente
como lo es del ensayo. Lo desconocido, lo aún no visto, lo que carece de
nombre. Siempre estamos en camino de perdernos. Los americanos buscan
continuamente, y cuando digo “los americanos” en realidad quiero decir
“nosotros los informes”, cuando digo “americanos” deseo nombrar a todos
aquellos seres carentes de lugar que se ven en la necesidad de construir uno
propio, de habitarlo, observarlo con detenimiento para después cambiarlo.
Pienso en las
palabras y ensayo. Ensayo. En sayo. Enza yo. No debe ser casualidad: una de las
acepciones de la palabra “enza” es la de 'señuelo'. El señuelo tan cerca del
yo, el yo como señuelo de la verdad de nuestros mundos. El sueño es la ave que
atrae otras realidades. La realidad es sólo una particularidad del mundo
onírico. Sólo basta tocar las palabras, agitar un poco los días y las cosas se
abren como flores ante los rayos del sol, de la misma forma que se rompe una
pompa de jabón.
Ahora puedo
sonreír porque esta búsqueda dio resultados, perderse en el mar blanco es como
viajar al rededor del mundo desde una habitación. La memoria me falla, los
caminos se bifurcan y todo vuelve a ser nuevo, ignoto, prístino, los ojos
olvidan tan rápido y ahora ya estamos en otro lugar. El lugar del ensayo. Las
posibilidades del lugar. Ahora ya somos otros.
[1] Recuérdese que la mortalidad de los primeros
años de la colonia convirtió amplias zonas de Mesoamérica en territorios
despoblados.
Cloruro de sodio. NaCl, un cristal sin
color. La primera imagen que me viene a la mente al escuchar esa palabra es la
esposa de Lot en medio del desierto, frente a la destrucción divina, mirando
por última vez el mundo. ¿Por qué precisamente fue convertida en estatua de sal
y no de piedra? La roca perdura, la sal se pierde de inmediato entre las
arenas, el viento la dispersa, el agua la disuelve.
Tiresias ordena a
Odiseo que, una vez finalizada la venganza en contra de los pretendientes de Penélope,
ande “hasta... aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares
sazonados con sal”. Es decir, el vidente ordena al héroe dar la espalda a las
posibilidades del océano para esperar una muerte suave luego de una vejez
insípida.
Ghandi recolecta
agua de mar con sus propias manos, desafiando así las leyes británicas sobre el
monopolio de la sal en la India. La sal es el común denominador, sobre la
religión, cultura o ideologías. Sal comió Gandhi, sal comió Jorge VI. Sal
también comió Nathuram Vinayak Godse.
Don Quijote
refiere como uno de los atributos de su Dulcinea el que “tuvo la mejor mano
para salar puercos que otra mujer en toda la Mancha”. La sal seduce, ya lo dice
el dicho: el amor entra por el estómago, ¿y quién se enamoraría de alguien que
guisa insípido?
La sal en exceso
es amarga, igual que las lágrimas, perjudica la salud, como los placeres que
primero satisfacen y luego se convierten en necesidad.
La sal es
rebeldía, es ese mirar curioso, es la vida del héroe llena de vicisitudes, es
la vulgaridad de un puerco, es la fuerza de un grano, de un millón de granos de
sal.
Las alas de la sal
revolotean por doquier y en cualquier momento se diluyen, desaparecen en la
nieve, en el aire húmedo.
Y
lo que vi reflejado era irreal: mi cara sanguinolenta no era más que
un gran agujero
Isabelle Dinoire
Ramiro Carillo-Catalán
Evodio Escalante
Gerardo Martínez Santos
Cristina Rivera Garza
Malva Flores
Connie Culp
Rodrigo Hasbún
Mario Vargas Llosa
Pedro Salazar
Cipriano Ramírez
Jerónimo Rosales
Me ubico de entrada en el nivel
imaginario. Hace casi doscientos años que se publicó Frankenstein
o el moderno Prometeo y no puedo
quitarme de la cabeza qué experiencia será esa de estar conformado
con partes de distintos cuerpos. A un hombre le fueron trasplantados
los antebrazos de un cadáver. “Creo que mi cara está
volviendo un poco, de hecho”, dice una mujer que recibió un
trasplante parcial de rostro.
La velocidad nos define, lo
instantáneo lubrica ya los engranajes del mundo. Son los
semiconductores, son los microchips. El mundo se reduce a una serie de
conexiones: los aeropuertos, terminales de trenes y autobuses, las
carreteras forman una sola e inconexa ciudad. Las plazas comerciales,
los autoservicios, todas aquellas tiendas prefabricadas son un
barrio mundial. Internet no es una red, es un punto de condensación: la ciudad de un único ciudadano, un hoyo negro de masa
inconmensurable.
El ojo es el instrumento fundamental del
escritor; no será la imaginación ni el conocimiento exhaustivo del
lenguaje el que determine su salvación (porque cada día uno se está
salvando). Es imprescindible entender las nuevas miradas: pocos segundos son
suficientes frente a un monitor o a un teléfono inteligente para
olvidarse del mundo. Las nuevas miradas son abejas que recolectan un poco de polen aquí, otro tanto por allá.
Poliniza pero no siembra.
La virtual cercanía de todo
con todos me sorprende. En Canadá un actor porno mata a un
joven chino y es capturado en un ciber-café de Berlín. Él grabó
el crimen y ahora miles de personas han visto las imágenes. Esto esto es un quiebre, una
amplitud.
Recuerdo las imágenes de una tribu
del Amazonas aislada completamente de nuestra forma de mundo
(civilizado es un adjetivo al cual aún no he encontrado uso). Creo
haber visto en los rostros de los varones una mezcla de terror y
coraje ante el avión que captó las fotografías. La visión de lo
nuevo, de lo extraño que irrumpe, interrumpe, un mundo.
Nunca antes el mundo había sido tan
pequeño. “Jamás el mundo arremetió tan cerca”. La memoria se
nos olvida entre ligas de páginas web. Las memorias son escritas
hoy, a veces en tiempo futuro.
Internet es como el territorio de los sueños: una extensión inexplorada de nosotros. Los surrealistas fracasaron en
su intento por conquistar aquellas tierras. Basta cerrar los ojos o
abrirlos frente a una pantalla para olvidarse del mundo físico. Los
fragmentos nos definen. Un poco de acá, otro tanto de allá. Del
codo hacia la muñeca empieza la tierra de nadie. Los dedos sobre el
teclado son la frontera. Luego ya no somos más. “Dijeron que el
único parecido era mi nariz”.
Frente a la burocracia, frente a
las voces del comercio o ante las etiquetas de la academia, se alza
el murmullo de los teclados. ¿Hubo día alguno en el cual tantas
palabras fueron escritas? El agitador de la lengua es internet. De
ese Big-Bang aparecen, como soles, nuevas palabras o frases y más
aún, nuevos conceptos y sentidos que forman las galaxias. ¿Y eso sirve de algo? ¿Tiene que
servir? ¿A quién? A quien lo quiera ver.
Conscientes de la desairada
situación a que han sido reducidas por la sociedad, las palabras se
superponen como edificios cuyo próximo derrumbe augura el nacimiento
de otra, similar y fugaz, forma de comunicación.
“Puedo oler ahora”. La ciudad es un paisaje habitual. Los niños desnutridos, las mujeres sucias con bebés
durmiendo en el suelo, cubiertos apenas por una manta. Y nada. Pero
he llorado con videos de masacres lejanas; un antebrazo pasa veloz,
como el tren, y toma lo que puede en La Patrona. Dos antebrazos se
acostumbran a un nuevo cuerpo. Cada palabra es literatura. Somos
fragmentos, con suerte, apelmazados, unidos gracias a la fuerza de
gravedad de un hoyo negro. Véanme, aquí estoy, sean testigos de cómo
existo. Las palabras de los otros son tan mías ya, son de nadie,
están pegadas a mí como órganos trasplantados. Las comillas son un
par de alas de aves “que pasaron y ahora poco a poco se mueren”.
Alas incrustadas en las palabras. Hoy la conversación y discusión
no ocurren ya.
Lecturas en la pantalla. Trasladar
el acto de leer a las calles. A los rostros. A la pantalla de nuevo.
Los sueños son vidas posibles,
internet es la posibilidad del sueño.
¿Qué de las revistas, los libros,
las publicaciones en línea? Nada que no sea el traslado general del
mundo físico al virtual. Los bancos lo han hecho ya, ¿por qué no
lo iban a hacer aquellos empolvados cubículos de la academia? Los
espectáculos del circo romano, las cacerías de brujas, la inflación
literaria, etc., serán trasladados, como la chinches que se esconden en los
muebles, durante esta mudanza.
No hay cosa que me interese más que
la amplitud del nuevo territorio.
Las malas costumbres son difíciles
de quitar.
Twitter no salvará al mundo, mucho
menos a la literatura.
Internet no es un mar, es un lago
estancado y sin fondo.
Cada día más nos parecemos a la
ciudad de Tenochtitlán: pedazos ajenos a nosotros nos conforman,
diluyen el sentido de lo nuestro, de lo suyo.
Tú y yo en el espacio tuyo.
Los espacios nuevos, tierras nunca
antes vistas por miradas extrañas, los indígenas del Amazonas, la
frontera entre mi piel y la de la extremidad trasplantada, el
territorio de los ojos fijos en un asesinato. Las
últimas horas de Gadafi son más asequibles que los últimos
murmullos de una hablante de ixcateco. “X taaku kwanichjama
xwjani”. Ya acabaron de hablar nuestro idioma.
Todo es vertiginoso, lo importante,
quiero decir.
“Yo
sólo yazco bajo la sombra de un ricino”.
Veo
un pasmoso patrón en el suceso de las cosas.
Lo
único que cambia es la velocidad, lo que hace diferente hoy de ayer
es la aceleración.
El
mundo es más amplio sí, tan amplio como lo fue en el año 1492 y tan
lleno de horror como en 1521.
Siento
que ya no puedo articular un discurso coherente, congruente... es
como nunca antes, siento... todas las letras difíciles. ¿Qué tiene
de malo? “Pero yo asumo todos mis actos como personales”. Estamos
ante la oportunidad de que la literatura se libere de las palabras
impresas. “Las imágenes dejaron de ser suficientes para ser
demasiadas y mis ojos son sólo dos botes de basura ya”.
¿Quién
vive las palabras? ¿Dónde se puede hacer eso? Mi mundo es un
compendio de partes mutiladas, cosidas de manera rudimentaria, los
sueños, lo físico, lo virtual trasplantados a mis ojos.
El silencio es una tela que limpia las superficies, las pieles, los
rostros. Por eso es tan difícil mirar a alguien sin sonido de por
medio. Por eso es incómoda su acumulación. El crujir constante de
las tijeras revuelve esa sustancia, pero no la elimina. Cruish,
cruish y la calma sonora continúa instalada en el local. El pelo cae
sobre los hombros, frente a mí el espejo. La superficie reproduce
los objetos: muebles sencillos de formica y plástico,
revistas llenas de color. El cartel de un evento pegado en la entrada
anuncia un evento de estilismo profesional.
La mujer toma entre sus dedos morenos mi pelo y decapita de un sólo
golpe las hebras negras. Una diadema es todo lo que modifica su
peinado. Las peluqueras que he visto durante mi vida tienen el
cabello teñido. Ella no. Gustan de estar profusamente maquilladas.
Ella no. Asisten a conferencias magistrales con estilistas que vienen
de París o Nueva York. Ella está aquí, en esta ciudad y no en la
sede del evento cuya publicidad adorna la entrada de su negocio. El
evento es hoy, a esta misma hora.
El silencio, si aún no lo es, será una forma de riqueza. Las
ciudades dan alaridos eternos mientras sus hijos sordos se enfrascan
en escuchar su música. Ella corta paciente uno a uno los
mechones y es como si recortara mi sombra, que cae a mis pies, sobre
mi regazo.
Veo los instrumentos de su trabajo: cepillos baratos, tijeras hechas
en China, un mandil confeccionado en casa. Los ojos de ella, ¿miran
en realidad mi cabello? El espejo recrea las formas humanas: un
hombre espera a que su esposa tenga un color nuevo de cabello. La
mujer yace acostada en un rincón del minúsculo local, lee una de
las revistas multicolores escritas con virulencia. El hombre mira
hacia la calle repleta de noche. Los cabellos caen, como pedazos de
mi sombra o de noches angustiosas ya muy lejanas.
Las arrugas del hombre y sus bostezos me hacen imaginar manantiales
que emergen entre grietas de rocas. Los ojos estirados de su esposa
traen la imagen de aves elegantes sobre fango; la mirada sin lugar de
mi peluquera, un mar que yace calmo y sin estrépito.
El gran evento es hoy, justo a esta hora y ella permanece parada
detrás de mí, trasquilando mi sombra, mis noches, mis ruidos. Yo
permanezco sentado frente a ella, viendo como el silencio toma cada
mechón de cabello y lo deposita con delicadeza sobre el suelo.
Segundo a segundo, ella esculpe mi cabeza y yo la esculpo a ella. Soy
un náufrago en una isla abandonada que acaba de encontrar un tesoro:
la estética del silencio.
Conocí
a Alberto en una reunión familiar. Yo iba sola, había dejado al
bastardo al cuidado de su abuela. Alberto era muy sociable, habló
con todos, inclusive conmigo. Me entusiasmó, a pesar de conocer a su
novia. Era profesor, mencionó algo acerca de los niños que tenía a
su cargo.
–Por
cierto –su novia notó mi desbordado interés– ¿por qué no vino
tu hijo?
No
esperaba esa saeta. Mi estómago se contrajo.
–Se
aburre –dije con sequedad.
Apreté
la mandíbula y maldije a ese trozo de carne, aún ausente su tufo me
envolvía. Yo tenía veintiún años, podía muy bien encontrar a
alguien que me quisiera, que me librara del peso de ese bastardo. No
había impedimento para que lograra salir de la cloaca que eran las
paredes tapizadas de humedad de mi casa, mi cuarto ciego y mudo ante
las caricias de mi padre. Mi madre fue una alcahueta y mi hijo
producto de una violación.
–Todavía
no está en edad –dije agregué para dar por terminado el asunto.
La
mirada incisiva de la mujer celosa abrió mis heridas. Luego, sus
manos apresaron el brazo de Alberto y se lo llevó lejos. Decidí
probar un poco de comida y me senté. Mis recuerdos se agitaron y
naufragué largo tiempo en ellos.
–Eres
muy joven para ser madre –la inesperada voz de Alberto bailoteó
muy cerca de mis oídos.
Se
sentó a mi lado y percibí su perfume fresco, como un bosque recién
mojado por una lluvia de verano.
–Soy
madre desde hace cinco años –dije un tanto turbada por esa cara
recia de ingeniero.
Sus
ojos mostraron un brillo dulce y tierno. Vislumbré por primera vez
el deseo puro y desinteresado. Me perdí entres árboles fuertes y
vigorosos, me adentré en los rasgos de su rostro, permití que cada
año de sus cuarenta me sedujera. Hacia el final de la fiesta sus
palabras sólo eran para mí. Antes de un mes estábamos preparando
la boda.
Alberto
siempre fue muy bueno, si hubiera estado en mis manos, aquel par de
tumores que eran mi madre y el bastardo habría sido consumido por el
olvido. Pero él insistió que fueran parte de nuestra vida y los
integró a nuestro hogar. Pidió que retomara mis estudios. De su
boca emergieron visiones de un futuro plagado de maravillas; sus
manos, tan respetuosas con mi cuerpo, no dudaban al momento de quitar
cualquier obstáculo para mí. Pero los tumores comenzaron a hacer su
trabajo. Alberto fue un buen hombre y ellos no fueron más que un
viscoso conglomerado de carne. Mi madre culpó a Alberto de las mismas faltas que ella dejó pasar por alto. Él no violaba a mi
hijo, en cambio mi padre abusó de mí hasta que logró que yo
arrojara sangre, placenta y a un niño pestilente. Ella confundía
los mimos que Alberto dada al bastardo con las abominables caricias
de mi padre. Ese par de tumores propició que Alberto me dejara. No
lo culpo, nadie podría soportar una acusación como esa.
Veo esos ojos iluminados por la inestable luz de las velas; una sonrisa discreta se enciende en su rostro. Hace tres semanas que lo conozco. Unos dedos finos atraviesan la mesa y acarician el dorso de mi mano. Los rizos de su cabello y su saco negro se funden con la oscuridad, sólo veo, detrás de las velas, las facciones ambarinas, la camisa blanca. Comienza a hablar:
–Antes de cenar me gustaría contarte una anécdota.
Detrás de mí una gran ventana sin cortinas.
–Me gusta contarla a las personas especiales.
Sonrío. Es casi hipnótico, su voz precisa y apacible, las sombras que danzan sobre la piel de su cara, las flamas gemelas que oscilan a cada palabra suya, la calma de la calle que sube hasta este quinto piso.
–Solía ir a un parque todas las tardes con mi familia –dice, toma un poco de vino–. Mis primos y yo correteábamos entre los grandes árboles, nuestros cuerpos rodaban sobre el césped, había gritos de alegría y risas. Hacia el anochecer nuestras energías mermaban y entonces los tíos nos compraban frituras y dulces. La familia era extensa, casi medio parque nos pertenecía.
Detiene su relato con una sonrisa y yo volteo a ver el parque que está frente al edificio, desolado esta hora. Vuelve a hablar, escucho su voz cada vez más incisiva y distante, como si escapara de una grieta profunda:
–Frentes sudadas y respiraciones agitadas de mis coétaneos, miradas severas de los adultos, charlas que no entendía, las risas extrañas de los abuelos, todo eso lo tengo muy presente aún. Puedo decir que éramos diecisiete nietos, catorce tíos, dos abuelos y mis padres.
Sonrío, pero él no nota mi gesto, su mirada está en otro tiempo; el oscuro espejo que son sus ojos me lo confirma.
–Una vez –su voz es como una espada que corta a su antojo el silencio–, en la que estábamos a punto de irnos del parque, sucedió un apagón. La luz dejó de vigilar nuestros movimientos y permitió que las sombras salieran de sus escondites, brotaron detrás de los macetones, debajo del puesto de dulces, bajaron de las copas de los árboles y lo invadieron todo.
Sus dedos apresan el tallo de la copa, duda entre tomar un trago más o sólo juguetear con ella, yo veo los destellos de luz. La luz, siempre es la luz.
–Al principio sólo fue una quietud contraída por el frío de la noche –deja la copa quieta sobre el mantel blanco–. Oí el canto de los grillos, los murmullos nerviosos de los paseantes. Alcé la vista y hallé un cristalino cielo negro. Una gran conglomeración de estrellas que nunca antes había visto llamó mi atención, entonces recordé mis clases de geografía y exclamé: “¡Miren, la Vía Láctea!”, mi brazo permaneció estirado, sosteniendo el dedo índice que señalaba aquel prodigio en el cenit, debieron ser muy pocos instantes que interpreté como una pequeña eternidad.
Vuelvo a ver el parque y lo encuentro tan quieto como una pintura. Él toma otro trago de vino, el último, deja la copa sobre la mesa, la ve como si fuera un bola de cristal en donde su infancia es proyectada. Su voz profunda vuelve a hacer vibrar las luminarias:
–Oí unos gruñidos y bajé el brazo. Los gritos en masa turbaron mi cuerpo, de pronto me sentí en ninguna parte, en el mundo de lo imposible. Vi a mi abuela levantarse de la banca y blandir su bastón contra una prima mía de dos años. Mi abuelo, con los ojos tan abiertos de ira como dos cañones de pistolas, pateó aquel cuerpo infantil. A mi alrededor todo se convulsionaba, entre las penumbras logré distinguir a algunos primos que corrían despavoridos de sus padres; los carritos de botanas se encontraban en el suelo, con su mercancía desperdigada y pisoteada por la gente que huía de mi familia, de los adultos de mi familia: dos tíos desgarraban la ropa de una joven, mis padres estrangulaban a una anciana, una tía arrancaba a mordidas las orejas de sus hijos inconscientes, todo lo demás era una brutal redundancia.
El golpe del bastón de mi abuela sobre mi hombro me sacó del asombro inicial, vi su cara pero no hallé nada más que rabia en sus ojos. Una luz sádica iluminaba los rostros secos de aquellos dos viejos, sus bocas abiertas mostraban encías desnudas. Entonces corrí, brinqué dos o tres cuerpos destrozados, resbalé con la sangre que cubría las baldosas, caí sobre cabelleras marchitas, pero escapé, mi cuerpo se llenó de llantos, de súplicas, de aullidos ajenos. Pero logré salir de aquel mar negro de barbarismo.
Calla y yo me siento inmersa en una pintura de Caravaggio. Las flamas apenas hacen visibles algunas partes de su rostro, la iluminación no alcanza para deshacer las penumbras que tiene detrás. Cierro los puños y respiro profundo.
–Desperté inmerso en la claridad apacible de mi habitación. Los muros blancos, los muebles pintados con un tono nuez, las colchas y cortinas con encanjes y listones esparcían la luz que entraba por la ventana, a tal grado que todo parecía hecho de luz. Mi pie desnudo tocó la alfombra suave y cálida, salí de mi habitación, caminé hacia las escaleras, las bajé y me detuve frente a la cocina. Mi madre, con sus rizos perfectos y su delantal primoroso preparaba el desayuno. Mi padre leía el periódico mientras sorbía una taza de café. Su camisa era la perfección. Nadie anudaba mejor las corbatas que mi madre. Desde donde estaba percibía el olor limpio del mantel blanco, sin arrugas, sin mancha alguna. Los dedos lisos, las uñas rosadas y transparentes de mi padre sobre el papel áspero del diario. Las pantorrillas enfundadas en medias de seda de mi madre, realzadas por los zapatos de tacón.
–¿Alguna noticia importante? – preguntó mi madre.
–Nada cariño –contestó cálidamente mi padre– sólo que tenemos un espía en la cocina –dijo al momento de bajar el periódico y fijar su mirada en mí.
Él fija su mirada en mí. El silencio vuelve a anidar en su relato. Se sirve más vino. Toma la copa de un sólo trago. Se levanta y se desliza hacia donde ya no puedo verlo.
–Es un sueño extraordinario –añado en medio de un vértigo que sacude mi cuerpo.
Atrás el parque es el único testigo de esta cena. Trago saliva y sin demostrar mi nerviosismo añado:
–¿Qué más pasó?
–No mucho –contesta con voz monótona desde cualquier sitio del departamento
Y yo escucho su respiración por todas partes. Las flamas de las velas titilan, afectadas por una multitud de respiraciones, como lejanas estrellas. También he visto la Vía Láctea, pero sólo eso.
–Fui el mayor de todos mis primos –dice al momento de encender las luces.
La luz, siempre es la luz. El parque, estoy segura, se encoge de hombros. La voz de él añade la tautología a esta noche:
–¿Verdad, familia?



